Juan de Herrera nació en Movellán, Valdáliga, Cantabria el año 1530 en el seno de una familia de hidalgos que tenían su casa solar en Maliaño. Con catorce años fue enviado a servir en la Corte de Valladolid en el entorno de
Felipe II; por entonces un joven príncipe sólo tres años mayor que él. La vida se encargaría de unir a ambos personajes, a lo largo de cerca de cuarenta años. Herrera fue primero, miembro de su escolta personal y, más tarde, su criado, su arquitecto y su aposentador de palacio.
En 1548 acompañó a su señor al
“Viaje Felicísimo”, formando parte de un nutrido grupo de nobles y personajes del humanismo y las ciencias, que embarcados en una gran flota, partieron de Barcelona para llegar a Génova, atravesando el Milanesado y la Europa Central, para encontrarse, el año 1551, con el emperador
Carlos en Bruselas. Un viaje que duró tres años, siendo la base de su formación renacentista y de su futuro como arquitecto real. En 1553, estimulado por sus raíces hidalgas, no tardó en sentar plaza, regresando a Italia donde participó en diversas campañas militares a las órdenes del duque Ferrante Gonzaga y otros. Formó parte de las tropas que cercaron Siena y, en tierras flamencas, en la toma de la plaza de Renty. Posteriormente, persuadido por sus amigos y deseoso de regresar a España, quedó en la Guardia del Emperador, donde sirvió hasta el año 1563. De ese largo período de tiempo se conoce poco. Es de suponer que estuvo al servicio del emperador cuando todos los príncipes europeos se confabularon contra él, viviendo los tristes acontecimientos de la huida por el paso del Brennero, el sitio de Metz, que tanto minaron el ánimo de Carlos. Más tarde, le acompañó en su retiro de Yuste hasta su fallecimiento el 21 de septiembre del 1558. Se produce entonces su incorporación en Bruselas a la guardia del ya rey Felipe II que, en guerra abierta contra los franceses, había reunido un potente ejército formado por alemanes, flamencos, ingleses y españoles al mando del general Manuel Filiberto
de Saboya, con el que consiguió la
sonada victoria militar de San Quintín.
En 1559, de vuelta a España, Felipe II, tras firmar con los franceses el
Tratado de Cateau-Cambressis, que aseguraría una paz duradera, se propuso establecer una Corte que dejara de ser itinerante, para lo que eligió la villa de Madrid. En 1562, al año de estar instalada en ella la Corte, el Rey envió a Herrera a Alcalá de Henares al servicio de su hijo el príncipe
Carlos, estudiante en la universidad en compañía de su primo
Alejandro Farnesio, de su tío
Juan de Austria y de su preceptor Honorato Juan. Allí, Herrera siguió algunos estudios en el gran centro universitario creado por el cardenal Cisneros, en donde diseñó, las ilustraciones de una copia del antiguo
Tratado de astronomía de Alfonso X conocido como Libro de las Armellas.
En 1563, el rey tomó la decisión de construir del gran monasterio de
San Lorenzo el Real en los terrenos de El Escorial, para conmemorar la victoria de San Quintín. En la ceremonia de la primera piedra estuvo presente Juan de Herrera, a quien se le encomendó grabar, en ella, la inscripción conmemorativa de dicho acto. Comenzados los trabajos, dirigidos por el arquitecto Juan Bautista
de Toledo, que había acudido desde Nápoles, el rey nombró a Herrera su ayudante, dados sus conocimientos que tenía del arte de Vitrubio, de matemáticas y de ingeniería, así como su habilidad como delineante. Fue este su principal trabajo de aprendizaje. A partir de 1565 acompañó a Felipe II adonde quiera que iba, ya que el monarca le tenía por su asesor técnico, acrecentándose la confianza que le merecía, encargándole informes y determinadas responsabilidades. En 1567 muere Juan Bautista de Toledo; de su testamento fueron testigos sus ayudantes Juan de Herrera y Juan de Valencia. La fábrica escurialense no estaba recién empezada por la zona oriental, en la que estaba ubicaba el convento de los jerónimos, subida más o menos a un tercio de su altura. Como Juan Bautista y sus ayudantes habían realizado infinidad de planos, se pudieron continuar los trabajos, un cierto tiempo. Mientras tanto, Juan de Herrera preparaba los de la basílica, cambiando —por instancias de los consejeros del rey—, la disposición diseñada por Toledo que había sido muy discutida. Estas críticas culminaron con la que hizo Francisco Pacciotto (arquitecto de la familia Farnesio, venido de Italia a petición de Felipe II), que proponía se siguiera el modelo de planta cuadrada y cúpulas que había servido a Bramante para hacer el primer proyecto de la
Basílica de San Pedro del Vaticano.

Por entonces, Herrera mostraría otra faceta de su personalidad que sería muy útil para la buena marcha de los trabajos: su afición a las matemáticas y a las ciencias aplicadas. En la práctica, dentro de su actuación en El Escorial, propició el empleo de elementos auxiliares de construcción que podían hacer la obra más racional y económica, como cuando diseñó el conjunto de cubiertas empizarradas del edificio con los novedosos chapiteles de estilo flamenco que Su Majestad se empeñó en importar de Flandes. A partir de 1570, el monarca, decidió presionar para emprender un nuevo ritmo de los trabajos. Y para conseguir el éxito de ese propósito, contó con la colaboración de Juan de Herrera. Su participación aceleró la marcha de los trabajos a la par que se ahorraban jornales inútiles. Lo mismo aconteció con la calidad de la obra de sillería de los interiores de la basílica. El rey mostró su complacencia subiendo a Herrera el sueldo y nombrándole “arquitecto real” mediante una Cédula de octubre de 1575.
No sólo fueron los aspectos de índole práctica los que impresionaron a Su Majestad, también la gran habilidad y perfección con que manejaba los cánones vitrubianos de la antigüedad en los diseños que hacía para la
Iglesia mayor de El Escorial y, más tarde, en el resto de la obra, reflejo de su preparación arquitectónica. Juan de Herrera comenzó a ser el arquitecto preferido del rey, En 1572 acompañó al rey a Sevilla para disponer la construcción de la
Lonja de los mercaderes y al año siguiente intervino en el
Alcázar de Toledo, donde se estaba trabajando en la gran escalera y en el cuerpo posterior del edificio. Ese mismo año diseñó el panteón funerario de la princesa Juana (hermana del rey) en el convento de Madrid que ella misma había fundado para las
Descalzas Reales. Ambas obras las llevó a cabo con mármoles y bronces el gran orfebre Jacome da Trezzo, gran amigo y admirador de Herrera, para el que proyectó en la década de 1570 su propia residencia y taller en la calle madrileña que lleva su nombre y que desaparecería al abrirse la
Gran Vía. Intervino también en distintas obras de acondicionamiento urbanístico para Madrid. Entre esos trabajos está el llamado
“paredón de Balnadú”, una obra de contención de tierras para la regularización del nivel de la
plazuela de la Priora (actual
plaza de Isabel II) y las primeras ideas para la urbanización del
campo del Arrabal, junto a la puerta de Guadalajara, que se convertiría en la gran
plaza Mayor de la capital del reino.
También intervino en el
Palacio de Aranjuez, empezado a levantar por Felipe II sobre un viejo caserón del siglo xiv que había pertenecido a la
Orden de Santiago, y en el que el rey había pasado jornadas de descanso, siendo niño, en compañía de su madre la emperatriz
Isabel. Los primeros trabajos, en dicho palacio, los hizo Juan Bautista de Toledo, continuándolos Herrera en 1571 (según Cédula Real de 23 de septiembre). No es posible saber, en concreto, qué fue lo que diseñó Herrera, pero la ordenación de la fachada principal y también la de mediodía, parecen pertenecer a la misma estirpe compositiva, articulada por pilastras de orden dórico toscano, con remates de bolas y frontones. En 1561, se iniciaron las obras de adaptación a archivo del castillo de Simancas, donde también intervino Juan de Herrera a partir de 1575, aunque después dejó los trabajos en manos de su ayudante y seguidor Francisco de Mora.

Después de 1575 se multiplicaron las responsabilidades para Herrera, simultaneando El Escorial con las llamadas que recibía para que acudiera a aconsejar, diseñar y dirigir. Supo organizarse, contando con la ayuda de Juan de Valencia, Juan de Minjares, Gerónimo Gili, Diego de Alcántara, Pedro del Yermo y Francisco de Mora. Valencia se responsabilizó del
Alcázar de Madrid, e intervino en las trazas para la
Plaza Mayor en 1579, Gili y Minjares trabajaron sucesivamente en el
palacio de Aranjuez, y Gili también en el de
Toledo entre 1572 y 1574, Diego de Alcántara lo hizo en el
Ayuntamiento de la ciudad toledana y Francisco de Mora en el
Castillo de Simancas en 1592 y en el inicio de las obras de la
Lonja de mercaderes de Sevilla. Todos ellos habían pertenecido a los equipos de
El Escorial a la sombra de Juan de Herrera, donde el maestro desarrollaría lo mejor de su inspiración. Tal fue el acierto que mostró en el manejo de los órdenes clásicos, en la composición de fachadas en la que creó el sistema de apilastrados con los que articulaba los paramentos desnudos de los patios, de las torres y de los interiores del monasterio. Son suyos también, el gran pórtico de entrada, el templete de los Evangelistas, el retablo y los cenotafios del altar mayor, el tabernáculo, la custodia, los muebles del coro y de la librería, y hasta el monumento de Semana Santa. Su obra magna fue la
parte central del monasterio de El Escorial, compuesto por la basílica, el patio de los Reyes y el cuerpo central de la fachada de poniente, que fue concebido para ubicar en lo alto la espléndida biblioteca, con la que se culminó brillantemente la obra.
Todo esto se construyó entre 1575 y el 13 de septiembre de 1584, fecha ésta en que se colocaba la última piedra en un ángulo de la cornisa del Patio de los Reyes. En esta fase final intervinieron Diego de Alcántara y Juan de Minjares, sus colaboradores, y por último, cuando ya estaba terminada la gran Portada de los Reyes, también Francisco de Mora. Y para las obras de ebanistería de la iglesia y biblioteca y del equipamiento sagrado del altar mayor, utilizó al entallador Giuseppe Flecha y a los escultores y broncistas Jacome da Trezzo y Pompeo Leoni.

Tras la finalización del
monasterio de El Escorial y hasta el principio de la década de 1590, el arquitecto real y aposentador de Su Majestad, llevaría a cabo una gran cantidad de trabajos. En 1574 las trazas para las
Casas Consistoriales de Toledo, de las que únicamente se realizaría el basamento con la balconada que asoma a la plaza y la planta baja porticada, sobre la que más tarde se elevaría un cuerpo de edificio proyectado por Jorge Theotocópuli (hijo de El Greco). En ese mismo año era designado en Toledo arquitecto único para el
Alcázar, y a él se deben la magnífica escalera y la fachada de mediodía, destruida durante la
Guerra Civil y hoy reconstruida con arreglo al diseño primitivo de Herrera, que se conserva y en el que se aprecia una cierta influencia serliana. Hizo también el
Claustro de la catedral de Cuenca, encargado por monseñor Bernardo de Fresneda y realizado en 1576 con el mismo esquema compositivo de los
Patios de los Evangelistas de El Escorial y de la
Lonja de Sevilla. Herrera sabía combinar la piedra con el ladrillo, y estructurar plantas y fachadas con un rigor en el que mandaba su pasión de geómetra, que hace identificar fácilmente como suyos los edificios que proyectó. La
Catedral de Valladolid, de cuyo proyecto se conservan los planos originales con su firma, la tomó cuando estaba comenzada por otros arquitectos, y sólo pudo realizar, a partir de 1580, con arreglo a su proyecto, el cuerpo de naves y el crucero, donde desarrolló una composición de orden corintio gigante emparentado con la
Basílica escurialense, y con su misma severidad y grandeza. Entre 1582 y 1584 se encargó de la construcción del
Puente de Segovia en la capital del Reino. También diseñó, en 1586, la
Casa de la Carnicería Nueva de la Plaza Mayor de Madrid, así como la
Lonja de Sevilla, que no pudo ver terminada, porque en 1590 estaba sólo levantada la planta baja, y el edificio no se acabaría hasta 1630.
Mucho le tocó viajar a Herrera, diseñó en Lisboa la
Iglesia de San Vicente de Fora, un convento de traza escurialense, que luego fue desarrollada por el portugués Baltasar Alvares, con ciertas veleidades ornamentales que la alejaban del austero espíritu del arquitecto cántabro. El
Paço da Ribeira, mandado construir por el rey don
Manuel y terminado en 1521, fue destruido por un terremoto y reconstruido por Herrera, pero que a su vez desapareció en el siglo XVIII con la reforma barroca del marqués de Pombal. Se trataba de un edificio que cerraba el “Terreiro”, gran plaza-puerto donde arribaban las naves procedentes de las Indias. Por las láminas que se conservan, se trataba de un cuerpo alargado de tres plantas rematado sobre el río por un gran torreón de cuatro pisos que albergaba unos espléndidos salones y estaba levantado sobre un bastión defensivo provisto de artillería. Su arquitectura recuerda a la del
Palacio de Aranjuez, con el mismo sistema de fachadas, balcones y tarjetones que había diseñado para la
Lonja de Sevilla y para
Aranjuez.
Herrera acompañó, por primera vez, al rey a Portugal en 1580. En un descanso en Badajoz, ambos contrajeron un “catarro”, que puso en peligro la vida del primero. Regresó a Madrid, teniendo que volver con largas estancias a Lisboa por dos veces más, hasta que en marzo de 1583 regresó definitivamente a Madrid. En 1581, cuando ya tenía cincuenta y cinco años, contrajo matrimonio con su sobrina Inés de Herrera y Ceballos, heredera y mayorazga de los bienes señoriales familiares de Maliaño, pero las vinculaciones nobiliarias daban, como mucho, para vivir entre estrecheces, y Herrera terminó en su retiro por pedir ayuda a Su Majestad. Y para compensar a su ex criado y aposentador, le apoyó en su nombramiento como Corregidor de Santander en 1586, y en la Fundación en Madrid de la Academia de Matemáticas, de la que sería el virtual presidente hasta su jubilación.
El 15 de enero de 1597, tras haber perdido primero a su esposa y después a la única hija que tuvo con ella, falleció en su casa de Madrid con más pena que gloria.
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