Adriano de Utrecht (Adriano VI)
Adriaan Floriszoon Boeyens, nació en Utrecht, el 2 de marzo de 1459, hijo de un ebanista, iniciaba su formación como alumno de los Hermanos de la Vida Común. Alcanzó el título de doctor en Teología, el año 1491 en la Universidad de Lovaina, desempeñando diversos cargos en la misma, donde fue profesor y canciller, al tiempo que ejercía como párroco en su localidad natal. Con posterioridad, fue nombrado deán de la catedral.
Sus inicios en la política llegan cuando Maximiliano de Austria le designa preceptor de su nieto Carlos el año 1507. Perteneciente al grupo cercano a Margarita de Austria, la influencia ejercida sobre su pupilo colisionaba con los intereses de Chièvres, quien trató de que se produjera un alejamiento; por lo que, en 1515, el joven Carlos le encomendaba la misión de acudir ante Fernando el Católico. Aunque con apariencia de embajador, tenía poderes para tomar posesión del reino cuando se produjese el fallecimiento de Fernando. Pero la designación en su testamento del arzobispo de Zaragoza y del cardenal Cisneros como regentes, forzó a que Cisneros y Adriano mantuvieran una tensa entrevista en el Monasterio de Guadalupe, donde acordaron compartir esta labor hasta que se recibieran órdenes desde Flandes. El acuerdo fue bien acogido, dado que, se estimaba que la separación de Cisneros podría tener graves consecuencias políticas, y, además, se dudaba de la capacidad de Adriano para asumir dicha función. Opinión que era sustentada por Chièvres y favorecida por Adriano que, en su correspondencia manifestaba la incomodidad que suponía su incorporación a la regencia sólo de manera formal, puesto que era Cisneros quien la desempeñaba de manera efectiva. Sus primeras actuaciones estuvieron encaminadas a impedir que se formase, en torno a la reina Juana, un grupo que alentase la toma del poder. En febrero de 1516, estableció que las visitas que doña Juana recibiese en Tordesillas debían contar con su expresa licencia; al tiempo que prestaba su apoyo a Cisneros para erradicar los conatos de rebeldía protagonizados por los partidarios del infante don Fernando. El franciscano quería situar a Adriano como maestro del infante, al igual que lo había sido de su hermano Carlos, lo que puso en serias dificultades al humanista, haciendo que su proceder resultase sospechoso. Todos los que se veían perjudicados por las reformas emprendidas por el cardenal, buscaron el apoyo de Adriano para su causa. Fray Bartolomé de las Casas acudía ante Cisneros y Adriano para presentar sus quejas sobre la actuación de algunos consejeros de Indias y en torno al tratamiento que recibía la población indígena.
En agosto de 1516, a su designación como obispo de Tortosa, se sumó el nombramiento como inquisidor general para la Corona de Aragón que el pontífice León X realizó el 14 de noviembre de ese mismo año. Ambos nombramientos fueron sugeridos por Cisneros al joven Carlos. También fue el elegido para sustituir al franciscano como inquisidor general de Castilla, y aunque su nombramiento se producía el 4 de marzo de 1518, al parecer, su participación en los asuntos de dicha Inquisición, junto a Cisneros se remonta a 1516. A pesar de que la designación como inquisidor general de ambas Coronas recaía en él, esto no supuso la unificación, ya que la diferenciación se mantuvo hasta 1528. Volvió a a insistir, en 1520, ante el rey sobre la necesidad de mejorar las condiciones de vida de los indígenas.
El 27 de junio de 1517 fue nombrado cardenal por el pontífice León X, siendo designado comisario general de Cruzada junto a Pedro Ruiz de la Mota. El conocimiento que tenía de estos asuntos, se remontaba a la mediación realizada entre Cisneros y Juan Rodríguez de Fonseca. Por orden de Carlos I, asistía a la asamblea del clero celebrada en 1519, fracasando, al igual que el resto de comisionados reales, en el objetivo de conseguir que se efectuase un pago autorizado por el pontífice. A pesar del beneplácito papal, los miembros de la asamblea aludieron a la contradicción en la que entraba el requerimiento efectuado con lo acordado por los concilios sobre esta materia.
Igualmente, Adriano cumplía con el mandato de Carlos I para que acudiese a Valencia para lograr que dicho reino se aviniese a jurar a un rey ausente. Debía convencer a los valencianos del compromiso de éste de respetar sus fueros y privilegios. Pero, los esfuerzos del obispo de Tortosa para culminar su misión con éxito fueron inútiles. Las concesiones realizadas por el rey sobre las demandas que le fueron presentadas favorecieron que la situación se fuese tornando más inestable, sobre todo por el consentimiento dado a medidas que conllevaban armar al pueblo.
El ambiente en Castilla se encrespaba con la marcha de Carlos para recoger la Corona imperial y el nombramiento de Adriano de Utrecht como regente. Designación que no fue bien recibida por las Cortes y por la nobleza, aludiendo que su condición de extranjero contravenía las leyes establecidas para el ejercicio de este cargo. Para poder afrontar las responsabilidades de este cargo, tuvo que hacer dejación de algunas de sus ocupaciones; por lo que nombró presidente del Consejo de Inquisición a Francisco de Sosa. Junto al Consejo, trataron de salvaguardar la calma ante los primeros síntomas del estallido de la revuelta comunera, mostrándose favorables a apoyar a las ciudades en sus reivindicaciones. Sin embargo, la actuación militar de Antonio de Fonseca en Medina del Campo determinaba que se desencadenasen las hostilidades, sin que el cese de éste, efectuado por Adriano, evitase el endurecimiento del conflicto.
El dominico Alfonso de Medina acudía ante Adriano como portavoz de la Junta establecida en Tordesillas. Se le instaba a que abandonase el título de gobernador, desistiese de buscar el apoyo de la nobleza, y se ocupase únicamente de sus obligaciones como inquisidor general. Aunque la Junta no reconocía la autoridad del regente, puesto que alegaba que su condición de extranjero era incompatible con el desempeño de este cargo, siempre le otorgaron un trato respetuoso. Los comuneros no le escatimaron elogios, en contraposición con las duras críticas que dirigieron contra otros consejeros flamencos de Carlos V. Durante su estancia en Valladolid, no cejó en sus intentos de lograr apaciguar la rebelión. Se mostró dispuesto a hacer efectiva su dimisión si con ello se producía la vuelta al orden, así como a viajar para que Carlos V pudiese conocer, a través de él, las peticiones de los comuneros. A pesar de no conseguir el resultado apetecido, no abandonó su talante negociador. Así, tras huir a Medina de Rioseco, buscó alcanzar un acuerdo con los miembros de la Junta mediante el envío de emisarios; aunque los contactos mantenidos estuvieron marcados por la tensión, y la radicalización de la Junta imposibilitó alcanzar la tregua deseada.
Una carta interceptada por los comuneros mostraba el exacto conocimiento que Adriano tenía de los problemas que afectaban a Castilla, de las tensiones que habían conducido a la rebelión, así como de la política que había que seguir para alcanzar la pacificación. Todo ello era analizado en dicha carta dirigida a Carlos V. Para Adriano, lo esencial era introducir cambios en el método de gobierno. Apuntaba, también, que la ambición y la falta de acierto, por parte de los consejeros del rey, constituían las causas principales del conflicto. Aunque, en un principio, se había dado mayor protagonismo a los aspectos fiscales, éstos constituían sólo una parte entre las motivaciones que habían conducido a la revuelta. Advertía que los nobles habían apoyado al emperador con el único objetivo de mantener intacto su patrimonio y evitar la expansión del movimiento contrario a sus intereses, pero su fidelidad estaba supeditada a los cambios que pudiese producir el devenir de los acontecimientos. De cualquier manera, la nobleza esperaba ver recompensado su respaldo frente a las ciudades. Lo que había condicionado su renuencia a tomar las armas en contra de los comuneros, inclinándose a tratar de alcanzar una solución negociada, de la que esperaban obtener importantes beneficios.
Derrotados los comuneros en Villalar, el cardenal trató de evitar que las represalias fuesen duras, y procuró mediar para lograr que se personase a los implicados. El Papa le encargó enjuiciar a los miembros del clero excluidos del Perdón General; actividad que le causaba importantes problemas de conciencia, por lo que buscó delegar esta labor. Deseo que se vio favorecido por su marcha a Roma. Tampoco dudó en comunicar al emperador, su indignación ante la corrupción generada en torno a la venta de los bienes confiscados a los comuneros condenados. Su denuncia provocó que se produjese la intervención del Consejo Real y la suspensión de estas transacciones hasta el regreso del emperador. Sus opiniones, provocaron que se revocaran los nombramientos realizados en aquellos cargos que quedaron vacantes. También mostró especial preocupación por la situación generada en el arzobispado de Toledo tras la muerte de Guillermo de Croy. Según Adriano, era conveniente proceder a designar un nuevo prelado para terminar con los problemas surgidos en el seno del cabildo catedralicio. Indicó al emperador que Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, era la persona idónea para ocupar la silla episcopal de la Iglesia Primada.
En abril de 1521, Adriano ordenaba la prohibición de los escritos de Martín Lutero. Mandato que obedecía a un breve remitido por el papa León X, en cuya ejecución se comprometía también al almirante y al condestable de Castilla. También daba Instrucciones para el gobierno del Santo Oficio e impulsaba el proceso de implantación territorial de la institución a través de la remodelación de los distritos de los tribunales de Logroño, Zaragoza, Valladolid, Cuenca, Valencia y Murcia, así como de su expansión a las Indias.
En enero de 1522, Adriano fue elegido pontífice, tomando el nombre de Adriano VI, cuando se encontraba en Vitoria, dirigiendo el asedio a Fuenterrabía, que estaba ocupada por los franceses. Las gestiones desarrolladas por el embajador imperial don Juan Manuel y por el cardenal Julio de Medecis, resultaron determinantes para contrarrestar las presiones ejercidas por Francisco I y poder alcanzar el solio pontificio. El propio Carlos V no dudó en comunicarle que esta elección obedecía a sus deseos, así como su propósito de disponer de él del mismo modo que lo había hecho hasta entonces. Mientras que Adriano le expresó de manera inequívoca su intención de anteponer sus deberes papales a los intereses del emperador.
Antes de acudir a tomar posesión de su nuevo cargo, dejó las funciones que había desempeñado hasta entonces; y el 20 de febrero de 1522, designaba a García de Loaysa presidente de ambos Consejos de Inquisición, aunque no procedía a expedir su nombramiento como nuevo inquisidor general, actuación que le correspondía realizar como pontífice; por lo que continuó en el ejercicio del cargo hasta embarcar en Tarragona con destino a Roma en agosto de ese mismo año. El papa Adriano VI no expidió las bulas correspondientes a esta designación hasta septiembre de 1523, que recayó en Alonso de Manrique. Antes de su marcha, visitó la diócesis de Tortosa, pudiendo constatar los excesos cometidos por los cuestores en el cobro de los derechos portuarios. Sin esperar al encuentro que Carlos V deseaba, eligió un itinerario alternativo al que proponían las distintas cancillerías europeas, mostrando así su intención de hacer efectiva su independencia. Era recibido en Génova por las tropas imperiales que había resultado victoriosas en Biccoca, aunque, a pesar de los requerimientos de los jefes militares, se negó a otorgar el perdón de las tropelías cometidas.
El 31 de agosto de 1522, había tomado posesión de la Silla de Pedro; aunque su decisión de revocar las expectativas, suprimiendo los indultos y las indulgencias, hizo que aumentase su impopularidad entre los miembros del Colegio Cardenalicio, que fueron muy favorecidos por el pontífice anterior. Cabe señalar que el pontificado de León X finalizaba en un estado de bancarrota técnica. Este descontento aumentó al establecer otras reformas relacionadas con la concepción que el nuevo Papa tenía de la vida eclesiástica, donde introducía cambios en las costumbres de los aseglarados curiales, mientras que los lujos y las fiestas quedaron erradicados de la vida social de Roma, tratando de implantar la austeridad que él aplicaba a su propia existencia. También intentó mantener una utópica neutralidad entre los intereses enfrentados entre Carlos V y Francisco I, pretendiendo que, conseguida la pacificación, aunasen sus fuerzas y se enfrentaran a herejes e infieles. Intervino para reducir los problemas existente en la Curia entre los partidarios del emperador y los del monarca francés, teniendo que hacer frente al convencimiento existente de que la relación que le vinculó a Carlos le impediría cumplir correctamente con sus obligaciones como pontífice de forma correcta. A pesar de lo cual, Adriano VI inició su pontificado con una actuación acorde con sus principios, consistente con la erradicación de la herejía y la lucha contra el infiel. En septiembre de 1522, ordenaba a Francisco Chieregati acudir a la Dieta de Nuremberg, con el objetivo de conseguir que se aprobase una actuación enérgica que acabara con la herejía luterana y comenzara con las hostilidades contra los turcos. Para lograrlo, el nuncio debía poner en su conocimiento la reforma que el Papa proyectaba realizar en el seno de la Iglesia. Sin embargo, su intento de atraer a la Dieta a estos propósitos fueron inútiles.
Por otra parte, la polémica generada en torno a las obras de Erasmo de Rotterdam forzaba su intervención, imponiendo el silencio a sus detractores. El contacto entre ambos se realizaba a través de Pierre Barbier, amigo del humanista y capellán del pontífice, a quien acompañó a España y posteriormente a Roma. Aunque estas relaciones se enfriaron al negarse el humanista a responder a los requerimientos de Adriano, para que escribiese en contra de la herejía luterana, y para que acudiese a Roma. La decepción causada en el pontífice por el proceder de Erasmo condicionó para que el Papa no respondiese al proyecto de reforma presentado por el humanista como alternativa a su resistencia a condenar las tesis de Lutero.
Al mismo tiempo, el pontífice prestaba su ayuda al rey Luis de Hungría para detener la ofensiva turca. La pasividad mostrada por las monarquías europeas tras la caída de Rodas en manos de Solimán I causaba desesperación en Adriano VI, que veía muy mermada su capacidad de intervención por las dificultades económicas que atravesaba la Santa Sede. Para solventar esta situación, recurrió a los diezmos y tributos sobre el clero, al tiempo que realizaba diversas concesiones a aquellos monarcas de los que pretendía conseguir apoyo para hacer frente a los otomanos. En el transcurso de las negociaciones, el cardenal Julio de Médicis, más adelante Clemente VII, aportó pruebas de cómo el cardenal Soderini, colaborador de Adriano VI, se encontraba al servicio de Francisco I, favoreciendo la actuación francesa sobre el Milanesado y potenciando una conspiración contra Carlos V en Silicia. Como consecuencia, Soderini fue encarcelado, mientras que, la influencia del cardenal Medici sobre el Papa se incrementaba.
Adriano VI procuró mantenerse neutral en el enfrentamiento entre Francisco I y Carlos V a pesar de las presiones ejercidas por sus embajadores. Al tiempo que, las relaciones entre el Papa y don Juan Manuel se deterioraron. Adriano llegó a amenazar a don Juan Manuel con la excomunión, relevándolo por el duque de Sessa. Para recuperar la atención de las cancillerías europeas sobre la amenaza turca, el 30 de abril de 1523, el pontífice decretó una tregua para toda la cristiandad por un espacio de tres años. Sólo unos días después, otorgaba una bula por la que se incorporaban a la Corona de Castilla los maestrazgos de las órdenes de Santiago, Alcántara y Calatrava, junto a su administración, a perpetuidad. A comienzos de agosto, integraba la liga formada para impedir el avance de los ejércitos galos por Lombardía. A pesar de que, el emperador deseaba que esta alianza defensiva contra los franceses, diera paso a actuaciones ofensivas, los problemas de salud del pontífice, impidieron que se pudiesen culminar. A pesar de ello, Adriano VI, podía favorecer otra de las pretensiones de Carlos V, y en los primeros días de septiembre, le otorgaba la facultad de presentación de los prelados destinados a ocupar los obispados y las abadías consistoriales de los reinos hispanos.
El fallecimiento del pontífice se producía en Roma el 23 de septiembre de 1523. Los distintos historiadores, resaltan cómo su actuación había provocado críticas y dudas sobre su capacidad política, pero, de igual manera, se muestran unánimes en destacar su carácter bondadoso y caritativo.
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