Matei Zalka (general Luckacs)
Nacido el 23 de abril de 1896 en Biliki, antiguo imperio austrohúngaro, en el seno de una familia de la baja burguesía. Ingresó en el Ejército húngaro, participando en la Primera Guerra Mundial con el grado de oficial. Durante dicho conflicto combatió en el frente italiano de Doberdo, siendo trasladado después a Rusia, donde cayó herido y hecho prisionero en junio de 1916: internado en el campo de prisioneros de Crasnoyarsk, en Siberia, en el otoño de 1919 logra escapar, forma un grupo de partisanos y se une al Ejército Rojo, con el cual participa en la liberación del mismo campo donde Había estado preso. Tras la guerra civil rusa, se une al Partido Comunista soviético, convirtiendose en uno de los más destacados propagandistas de la primera etapa revolucionaria. Creó el Partido Comunista húngaro.
Identificado con la Unión Soviética, hace que este país sea su segunda casa. Allí, además de desarrollar su faceta política, se dedica a la literaria, publicando varios libros; consiguiendo asentarse en el país y fundando un hogar, hasta que su inquietud de luchador contra el fascismo le hace trasladarse a España, nada más tener noticia de la sublevación militar. Deja en la URSS a su mujer y una hija, Tálotchka, de la que se siente muy orgulloso. Sus compañeros españoles recuerdan que se refería a ellas como “mi retaguardia”, y que en su cartera nunca faltaba una foto de ambas, que no dudaba en mostrar a todo el que quisiera verlas.
Como la mayoría de los brigadistas internacionales que llegaron a nuestro país, en defensa de la democracia, Zalka es enviado, en un primer momento, a Albacete desde donde partirá el 10 de noviembre de 1936 hacia Madrid para apoyar a los republicanos que resisten las ofensivas de los sublevados. Destacará en los combates de la Ciudad Universitaria por su enérgico carácter, consiguiendo compenetrar a la confusa masa de internacionales que, inscritos en las Brigadas, se baten en dicho frente madrileño. Su Brigada está compuesta por tres batallones: Thaelmann, Marty y Garibaldi, y se encuadra dentro de la 14ª División, dirigida por el anarquista Cipriano Mera. En todo momento le acompaña su ayudante, el comisario político Gustav Regler, un intelectual alemán crítico con el nacionalsocialismo.
Tendrá también, una destacada participación en la Batalla de Guadalajara, donde se hará famoso por su valor y, en palabras de su amigo Koltsov, corresponsal del periódico soviético Pravda, por su carácter “desviacionista hacia lo exótico”, carácter del cual hace gala en numerosas ocasiones, una de ellas cuando, en pleno bombardeo, se dedica a salvar las tablas de una iglesia románica destruida por la batalla.
En junio de 1937, emprende camino hacia Huesca, ciudad que los republicanos pretenden cercar y ocupar. Planea con todo cuidado la ofensiva, pero sus ataques se estrellan una y otra vez contra la férrea resistencia del enemigo, lo que le lleva a replantearse el plan de operaciones, pero no podrá tener ocasión de poner en práctica. El día 11 de ese mismo mes Luckacs, junto a su compañero Regler, se dirige en coche, un Packard descapotable color verde, a inspeccionar las líneas republicanas del frente. Este será su último viaje. Así relata el incidente el jefe del Grupo Azul —escuadrilla de caza fascista—, Joaquín García-Morato, cuando afirma que fue él mismo quien disparó desde su avión al coche de Luckacs. García Morato cuenta que tras varias horas de combate contra los aviones republicanos, “noté algo en la carretera, un magnífico automóvil pintado de negro reluciente. Piqué a toda velocidad, ametrallándolo (…). Una hora más tarde, con gran sorpresa por parte nuestra, cesó la ofensiva roja. La radio nos dio la explicación: el general rojo Luckacs había sido muerto al ser ametrallado por un aparato de caza nacional: mi propio aparato”.
A su muerte, Luckacs es honrado como un héroe: Elöre, un periódico del frente, le dedica toda su primera página, y en Valencia se convoca un solemne funeral por el general caído. En el aspecto puramente militar era una figura popular y admirada por sus hombres, no sólo por su valor sino también por su talento literario, el cual no tuvo demasiado tiempo para desarrollar, pero que ha quedado plasmado en sus obras, por ejemplo en Doberdo, novela publicada en el año 1924, en la que relata sus experiencias de la Gran Guerra y la Revolución Rusa, y que se caracteriza por la espontaneidad y la forma directa que imprime a sus relatos.
Ramón Martín





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