El “panot” de Barcelona

 


Miles de barceloneses, junto a gentes llegadas de todas las partes del mundo pisan, cada día, estas baldosas diseñadas con una flor en medio. Como nos encantan las curiosidades vamos a conocer un poco de la historia de estas.

A poco que busquemos información, leeremos que el famoso panot de la flor barcelonés es un diseño creado por Puig i Cadafalch y que fue París la primera ciudad a la que se exportó la ‘calçada portuguesa’ de cenefas; pero ambas cosas no son ciertas. 

La loseta gris de cemento hidráulico, conocida como panot, tiene su auge en Barcelona a raíz del desarrollo del Eixample. Al parecer, ya se había utilizado antes, aunque no está documentada hasta 1906, formando parte de uno de los cinco diseños elegidos por el Ayuntamiento Barcelonés, al tener lugar el primer concurso público para proveerse de dicho material. Esta licitación era de gran importancia para la nueva ciudad sin murallas, que iba creciendo de una forma caótica pese al ordenado diseño de Ildefons Cerdà. La verdadera razón del desmadre en los pavimentos era económica, ya que, inicialmente, los gastos corrían de los bolsillos de los moradores, que no se ponían de acuerdo, en la mayoría de los casos, sobre qué porción de acera debía sufragar uno. Además, los materiales que habían previsto Cerdà y el proyectista Josep Maria Jordan eran la costosa piedra natural de Montjuïc y el conocido como “firme de paseos”, un macadán de tierra compactada usado en las calzadas. En el caso de que, propietarios o empresas de pavimentación quisieran usar otro material, debían solicitar un permiso municipal. Al final, entre unos y otros, las calles del Eixample estaban hechas un barrizal.

Debido a la, cada día, peor imagen de la ciudad —llegó a nombrársela con el apodo de can Fanga—, la Comisión del Ensanche aprobó varias medidas. Una solución barata y efectiva, ya aplicada por algunos vecinos era el cemento hidráulico, que permitía crear diferentes mosaicos y texturas y se adaptaba mejor a la urbanización de la ciudad.

La industria catalana producía una gran cantidad de cemento, siendo los mosaicos construidos con este material, muy populares. Los principales industriales comercializaban desde años atrás, una versión para exterior más resistente y cuadrada. Se hacían con las mismas prensas que las baldosas domésticas, siendo su medida estándar de 20 cm de lado y 4 cm de grosor. En vista de lo cual, el Ayuntamiento lanzó un concurso público en 1906 para adquirir 10.000 metros cuadrados de losetas. Debido a las quejas de los principales fabricantes, por la falta de concreción municipal, que haría oscilar mucho los precios, en 1907 el consistorio modificó los pliegos de la subasta, limitando la compra a cinco modelos, todos de la misma medida y material.

Durante años se creyó que era la misma loseta que la que hay en la entrada de la Casa Amatller, en el paseo de Gràcia, sin embargo, la rehabilitación efectuada en esta joya modernista del arquitecto Puig i Cadafalch, ha puesto al descubierto que la atribución era errónea. Se parecen, pero no tienen el mismo diseño ni son del mismo material: el vestíbulo está hecho con grandes bloques de piedra de Montjuïc en los que se cincelaron las flores de una en una. Consiste en una flor de almendro –alusiva al apellido del propietario– con los cuatro pétalos y el centro en bajo relieve, mientras que el panot tiene rebajada, solo la silueta de la flor.

La primera acera de panots en Barcelona estaba frente a la tienda de Escofet, en la Ronda Sant Pere número 8, y era anterior a 1894. El primer catálogo en el que aparecen panots para exteriores, data de 1891, y es también de esta firma. Está documentado que esta empresa tramitó varias autorizaciones para pavimentar aceras del Eixample con losetas y que llegó a rogar, en 1895, que se homologara este material, y así evitar las continuas solicitudes de permiso.

Pero hay otra novedad aportada por Barcelona en su suelo, es la primera en utilizar la calçada portuguesa fuera del país luso. El consistorio lisboeta mandó maestros calceteiros para realizar demostraciones de estos mosaicos negros y blancos a París, Manaos o Río de Janeiro, pero nunca a España. Sin embargo, un industrial portugués se desplazó a Madrid y patentó la técnica, y la vendió a un empresario catalán, Joaquín Marimón Carbó, quién en 1895 propuso al Ayuntamiento de Barcelona, hacer una prueba piloto, para demostrar las cualidades de este pavimento: los primeros 500 metros cuadrados iban a cargo de Marimón, y el resto costarían 12,50 pesetas/m2 –un precio mucho más alto que las losetas, que salían a 4,20 euros/m2–. El arquitecto municipal Pere Falqués, aceptó la propuesta. La prueba se hizo en el Saló de Sant Joan (actual paseo Lluis Companys).

Paseo Lluis Companys


La Comisión del Ensanche impuso que la prueba se limitaría a los 500 m2 que ofrecía Marimón, por lo que solo se ornamentó medio lateral del paseo, con un mosaico con el escudo barcelonés. Transcurridos veinte años, Falqués constató que el pavimento daba buen resultado y el consistorio dio el visto bueno para ornamentar, sin pagar, el resto del paseó. La obra se completó en 1918 y el mosaico gustó y volvió a ser usado en los burladeros de las farolas del Cinc d’Oros y en la base de la fuente Diana.

Lamentablemente ninguna de las tres calçades ha pervivido, debido a las posteriores remodelaciones ejecutadas por el Ayuntamiento. El doble mosaico de Lluís Companys fue destruido en 1975 al peatonalizarse el paseo. El de las farolas —que eran obra de Falqués y ahora están en la avenida Gaudí—, seguramente en 1957 con la substitución por lámparas de mercurio y la reordenación del tráfico de la Diagonal; y la base de la fuente Diana desapareció en 1953 al reurbanizar la Gran Vía para modificar el trazado del tranvía. La pérdida de estos paisajes no es solo fruto de la falta de sensibilidad municipal, ya que Barcelona no llegó a dominar la técnica y la desaparición se puede deber a la dificultad del Ayuntamiento a la hora de mantener y reparar estos mosaicos.

En la actualidad las losetas estándar de cemento hidráulico reinan con comodidad, pero conviven con otros materiales y texturas: adoquines, hormigón armado, asfalto y caucho, incluso rampas de hexágonos antideslizantes, encintados como el de la plaza Sant Jaume o el colorido vibrazo ondulante de la Rambla y la avenida Pau Casals. Algunas calles tienen un panot específico, como el paseo de Gracia. El último panot de nueva creación es el de la avenida Diagonal, con hojas de plátano, diseñado por Robert y Esteve Terrades, instalado en 2015. También es interesante el de la calle Ganduxer, donde se ensayó en 2008, un nuevo modelo con la B de Barcelona, que no llegó a prosperar. Y no podemos olvidar, el sorprendente collage del Mirador del Alcalde, obra de Joan Josep Tharrats en 1967 y el mosaico de Joan Miró en el Pla de l’Ós de la Rambla.

En definitiva, en Can Fanga ya no hay barro, pero el pavimento sigue siendo objeto de debate político, interés ciudadano e innovación industrial.

Ramón Martín

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