Wenceslao Carrillo Alonso-Forjador
Hijo de Buenaventura Carrillo y Nicanora Alonso-Forjador nació en Valladolid, el 4 de octubre de 1889, en el seno de una familia trabajadora. Al poco de cumplir los tres años, la familia se trasladó a Gijón buscando un mejor futuro. Pero las necesidades económicas de la familia hicieron que Wenceslao tuviera que buscar trabajo muy pronto. Empezó a trabajar como ebanista; trabajo que, en un intento de mejorar económica, pronto abandonó, empleándose en la fabricación de cocinas metálicas en la localidad de Laviana. Por aquél entonces, Wenceslao sufrió diversos accidentes, debido, en parte, a la carencia de prevención de riesgos.
Por aquel entonces comenzó a relacionarse con la organización obrera asturiana, por lo que, en 1911, fue elegido secretario de la Sociedad de Obreros en Hierro, ingresando, poco después, en las Juventudes Socialistas y en la Agrupación Socialista de Gijón. Poco a poco irá aumentando su compromiso con las organizaciones socialistas asturianas, asumiendo nuevas responsabilidades, por lo que, en 1914 será elegido presidente del Sindicato Metalúrgico Asturiano, en su sección gijonesa, desde donde, en 1916, asciende a la secretaría regional, y un año después, es nombrado secretario de la Sociedad de Oficios varios, Sección de Ferroviarios de Langreo, para lograr, años después, la secretaria del Comité Nacional de la Federación Nacional de Metalúrgicos.
Al crearse, en 1913, el Sindicato Metalúrgico Asturiano, los metalúrgicos asturianos emprenden una campaña encaminada a difundir los beneficios de la nueva estructura organizativa. Por medio de mítines, se explica a los obreros la necesidad de abandonar el esquema de las sociedades obreras para construir el sindicato, para que este sea capaz de enfrentarse a las grandes empresas industriales. Manuel Vigil, abandonó pronto el liderazgo del nuevo sindicato del Metal astur, en 1916, debido a las continuas desavenencias, y a que, sus puntos de vista no fueran aceptados por sus compañeros. El nuevo secretario general pasó a ser el joven Wenceslao Carrillo, que ya empezaba a despuntar. A partir de entonces crece su actividad en defensa de los derechos de los trabajadores, y en 1919, promueve una campaña en favor de la jornada de ocho horas, ya lograda en algunos países europeos y en Estados Unidos. Recorrerá Asturias, Galicia y otras poblaciones de la cornisa Cantábrica, en un intento de que que la unión de todos los trabajadores del Metal sea clave para conseguirlo. Colabora con el Sindicato Minero en numerosos mítines y, en mayo, acude a la Destilería de Carbones de Trubia donde convencerá a los trabajadores para crear una sociedad de resistencia vinculada a la organización.
En junio, se desplaza hasta Arnao participando en varios mítines de apoyo a la huelga que la sección de Gijón mantiene contra la empresa Moreda y Gijón, por negarse a reconocer al Sindicato Metalúrgico. Mientras, se produce otra huelga en los talleres La Amistad, propiedad del mismo que la empresa Moreda y Gijón. Aquí, mediará el inspector de trabajo, aunque sin lograr una solución, pues ésta pasaba porque los trabajadores renunciaran a los salarios no abonados desde el inicio de la huelga. La huelga se alarga pues el empresario no cede. Ante lo que Wenceslao centrará en él los ataques. Tras seis meses de huelga, los metalúrgicos lograron todos sus objetivos; y Carrillo dirá en un mitin, refiriéndose al triunfo de los trabajadores: «fue gracias a que no hubo ni una sola deserción». Al frente del Sindicato Metalúrgico de Asturias, transformó la organización, modernizando su gestión. Pero, el Sindicato Metalúrgico de Asturias no siempre tuvo una actitud de enfrentamiento con la patronal, ya que en ocasiones, buscó salidas a problemas coyunturales de las empresas. Tal es el caso de Laviada y Compañía, cuando, en 1919, tenía abarrotados los almacenes, obligando a mantener en paro forzoso a los 700 trabajadores. Ante esto, Wenceslao realizó gestiones ante el Gobierno, encaminadas a conseguir que facilitara medios de transporte para descongestionar el stock. Lo logró, y el subsecretario del ministerio de Abastecimientos, confirmaba al gobernador civil de Asturias que, en breve, llegaría al puerto de Gijón el vapor España número 6, con capacidad para 8.000 toneladas, lo que permitió embarcar hacia la Argentina la mercancía almacenada.
El predominio del caciquismo y la posición al servicio de los señores y patronos ejercida por la Guardia Civil era denunciado por las organizaciones obreras, ya que actuaba violentamente contra los sindicalistas. En el caso del campesino José Muñiz, que fue muerto a tiros por un cabo de la guardia civil, de La Calzada. Esto motivó una gran manifestación de repulsa, convocada por la Federación Local de Sociedades Obreras. El líder asturiano del Metal denunció cómo el reglamento de la guardia civil, por aquel entonces, permitía atentar contra la vida de los ciudadanos. Wenceslao denunciará desde los medios de comunicación, la persecución que sufrían las organizaciones obreras por parte de las fuerzas de seguridad, llegando a solicitar la mediación de Pablo Iglesias ante el ministro de Gobernación.
En 1923, de la mano de Andrés Saborit, ingresa en la redacción de El Socialista. Labor que compatibilizará como redactor en España del periódico argentino La Vanguardia. La colaboración de Wenceslao con El Socialista tuvo su origen, esporádicamente, dos años antes, cuando publicó varios artículos relativos a la conflictividad social en Asturias. Uno de ellos: La intransigencia como norma en el que abordaba el conflicto de los fundidores de Arnao, que llevaban ocho meses en huelga, le costó una pena de prisión de seis meses. Aunque se trasladó a Madrid, continuó manteniendo un contacto constante con la región, participando en mítines y conferencias.
A mediados de julio de 1918, se celebra, en la Casa del Pueblo de Bilbao, el VII Congreso de la Federación Nacional de Metalúrgicos. A Wenceslao se le encargó la vicepresidencia de la mesa del Congreso, que era presidida por José Gómez Osorio. En el trabajo de las ponencias, participó junto a Juan de los Toyos y Bruno Alonso en la elaboración de la dedicada a «Jornada de trabajo, salario mínimo y propaganda», así como en la de «Previsión». El Congreso terminó con la elección de Wenceslao Carrillo, como secretario general.
En abril de 1921, se celebra el Congreso Extraordinario del Partido Socialista en el que los partidarios de adscribirse a la III Internacional Comunista (terceristas), rompen con el partido y crean el Partido Comunista de España (PCE). Un mes más tarde, los metalúrgicos se reúnen en Santander en su VIII Congreso, donde se notará la ausencia de Wenceslao, que como vimos estaba en prisión desde el mes de marzo por la publicación en El Socialista del artículo: «La intransigencia como norma». Durante todo el congreso se registraron abundantes enfrentamientos dialécticos entre los delegados adscritos a la corriente tercerista y los socialistas. Los primeros arremetieron de forma constante contra la Unión General de Trabajadores (UGT) y propusieron un voto de censura contra la misma por no apoyar el movimiento huelguístico. Se aprobaron una serie de medidas de carácter tercerista: el boicot a las obras de cárceles, cuarteles, conventos y plazas de toros; solicitar a la UGT que retire sus delegados del Instituto de Reformas Sociales; que la Federación Nacional de Metalúrgicos trabaje para que la UGT ingrese en la Internacional de Sindicatos Rojos, con sede en Moscú.
A comienzos de septiembre de 1925, se celebra, de nuevo en Bilbao, el XI Congreso, y allí, las aguas vuelven a su cauce tras los enfrentamientos con los terceristas y la división comunista. Uno de los asuntos centrales fue la necesidad de mantener un secretario de la Federación cuyo puesto fuera retribuido. La cuestión se lleva a votación y se acuerda que la retribución del secretario general sea de 400 pesetas mensuales y que su designación se haga por aclamación del Congreso. Moción aprobada por 6.123 votos contra 3.350. Sólo quedaba proponer un nombre para el puesto. Juan de los Toyos propone la candidatura de Wenceslao Carrillo. Éste, rechaza ser candidato pues es miembro de la ejecutiva de la UGT. De los Toyos no da su brazo a torcer, logrando que Wenceslao acepte. Para ello, propone que el Congreso se dirija a la Ejecutiva de la UGT pidiéndole que prescinda de Carrillo para que éste venga a la Federación. El Congreso vota y, con la sola excepción del Sindicato de Madrid, al que representa Carrillo, que se abstiene por razones morales, es elegido nuevo secretario. El primer secretario general retribuido de la Federación Nacional de Metalúrgicos y Similares.
Los delegados al Congreso también decidirán, la creación de una publicación propia de la Federación, que llevará el título de El Metalúrgico, y cuya dirección recae en el nuevo secretario general. Al mismo tiempo, el Congreso acuerda que los asociados se abstengan de trabajar horas extraordinarias y de realizar trabajos a destajo, para atenuar los efectos de la crisis. También acuerdan establecer la sede del Comité Federal en Madrid. El Congreso se clausura con un discurso de Trifón Gómez, en representación de la UGT, y las palabras de aliento de Pablo Iglesias, que se encuentra muy enfermo, aunque no quiere dejar de saludar a sus camaradas metalúrgicos.
Tres años después, se celebra en la Casa del Pueblo de Madrid, el XII Congreso; que será el primero al que asistirán delegados internacionales. En sus discursos exponen sus modelos sindicales, más avanzados del caso español. En los que destacan sus coberturas y socorros para los asociados y los logros en materia de educación. Los metalúrgicos españoles, en su aspiración de conseguir unos logros similares, elaboraron una ponencia sobre educación profesional obrera en la que proponían que el Congreso solicitara al Gobierno una ley basada en unos principios esenciales. Además ante la preocupación por la crisis industrial, ya que esta puede afectar al volumen de empleo, el Congreso aprobó, por mayoría, una serie de conclusiones. A la hora de elegir al Comité, Juan de los Toyos propone que continúe residiendo en Madrid, moción que se aprueba; en cuanto a su composición, los representantes del sindicato madrileño «El Baluarte» sugieren que los delegados elijan sólo los cargos de presidente y secretario y que el resto lo elegirá su organización, propuesta que también se acepta. De este modo, por aclamación resultaron elegidos Enrique Santiago, para presidente, y Wenceslao Carrillo como secretario.
En abril de 1931 fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid, siendo uno de los miembros del mismo que proclamó la Segunda República en la Puerta del Sol. En las elecciones generales de ese mismo año, fue elegido diputado al Congreso por la provincia de Córdoba; no logrando revalidar su acta en las elecciones de 1933, aunque en los comicios de 1936 volvió a salir electo diputado por la misma provincia. Hasta la dimisión de Largo Caballero, en diciembre de 1935, permanecerá en la ejecutiva del PSOE. Tras la sublevación militar que dio lugar a la Guerra Civil fue nombrado subsecretario de la Gobernación en el gobierno de Francisco Largo Caballero; con posterioridad asumió el puesto de director general de Seguridad, sustituyendo a Manuel Muñoz Martínez, puesto en el que permanecerá hasta la caída del gobierno Largo Caballero, en mayo de 1937. Tomó parte en el golpe del coronel Casado contra Juan Negrín, en marzo de 1939, y formó parte del Consejo Nacional de Defensa, que había sido creado con la intención de negociar un acuerdo con los sublevados, durante las últimas semanas de la guerra. Dentro de dicho organismo ocupó el cargo de consejero de Gobernación. Aunque su apoyo al golpe de Casado le granjeó la enemistad de su hijo, Santiago Carrillo, por entonces miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas y después dirigente del Partido Comunista de España (PCE). Antes de la caída de Madrid, consiguió huir de España junto a otros miembros del Consejo Nacional de Defensa, instalándose en el Reino Unido; trasladándose con posterioridad a Bélgica, donde estableció su residencia. Fue dirigente de la UGT en el exilio durante cuatro años tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Falleció en Charleroi el 7 de noviembre de 1963.
Ramón Martín







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