Giacomo Meyerbeer
Jakob Liebmann Meyer Beer vino al mundo el 5 de septiembre de 1791 en Berlín. Era hijo de Jakob Beer, un rico comerciante del sector azucarero, y de Amelia Wulf, perteneciente a una importante familia de banqueros. Meyerbeer (unión de su último nombre con su apellido) destaca, desde muy joven, como pianista; fue primero alumno de Lauska (que a su vez era alumno del maestro de Beethoven, Albrechtsberger) y luego de Muzio Clementi. El aprovechamiento musical le llevó a ingresar en la afamada escuela de música de Carl Zelter, donde también acudirán, en otros momentos, Félix y Fanny Mendelssohn u Otto Nicolai. Antonio Weber será su primer maestro de composición antes de pasar a la reputada escuela del abate Vogler, en Darmstadt, donde coincidirá con Carl Maria von Weber, con el que entablará gran amistad. En esos años, sus creaciones serán clasificadas en el campo del oratorio, los salmos y las obras sacras. A pesar de ser un ferviente judío, no dejó de componer obras para otras religiones. De esta época es su ópera Abimelec que fue apoyada por Weber para representarse en los teatros alemanes.
Siguiendo los consejos de Antonio Salieri viaja a Italia donde adoptará el nombre por el que se conocerá a partir de entonces: Giacomo Meyerbeer. En esos años italianos recibe la influencia de la tradición operística y vocal italiana, destacando la influencia de Tancredi de Rossini, compositor con el que rivalizará, ya que, el maestro de Pésaro no le tenía gran estima como músico. En 1818, en Padua, se representa su Romilda y Constanza, en 1819 Semiramis en Turín, en 1820 Emma de Resburgo en Milán y Margarita de Anjou en Venecia; aunque será El cruzado en Egipto, que fue estrenada en Milán, en 1824, la ópera que más repercusión internacional le diera.
De regreso a Alemania, ha muerto su padre, y se casa en 1827 con su prima Minna Mosson. Transcurren años alejado del teatro, pero el encuentro con Eugène Scribe en París, dará un giro a su carrera, lanzándole a la fama. Scribe es considerado el padre de la llamada Grand Opera, un género que surge en París, al abrigo de una situación privilegiada. Francia, pese a sus problemas políticos, es el país europeo donde, durante el siglo XIX, se mantiene una estabilidad territorial, un espíritu de nación y un fuerte ejército. Esto, unido a la llamada “Monarquía de julio” bajo el reinado de Luis Felipe de Orleans, entre las dos revoluciones que salpican la primera mitad del siglo (1830-1848), provoca el auge de una burguesía que va adquiriendo poder político, al tiempo que ve en la ópera como gran espectáculo, una manera de poder reflejar su ascenso social. No olvidemos que, la Ópera de París es heredera de la Académie Royale de Musique, fundada por Luis XIV, y que por tanto tiene un carácter institucional que la permite representar a Francia. En la época en que las óperas de Meyerbeer y Scribe triunfan, los adelantos técnicos hacen posible montar unos grandes espectáculos donde todos los elementos van a desarrollar su máxima importancia: escenografía, coros, ballet, vestuario. Además esto irá unido a unos libretos que siempre tendrán un trasfondo histórico, donde se producen agresivos enfrentamientos entre enemigos y que dan pie a grandes escenas. La Sala de la rue Pelletier, con sus cerca de las dos mil localidades y sus avances en tramoya y luminotecnia, será el lugar idóneo para poner en pie esas grandes óperas.
En este contexto, Meyerbeer, presenta en 1831 una ópera que aunque pensada para la Opera Comique (dónde se representaban obras con diálogos y escenas cantadas, dirigidas a un público más “popular”) acabará convirtiéndose en una Grand Ópera de cinco actos: Roberto, el diablo. Será su consagración en Francia como compositor, teniendo una amplia difusión en muchos países aunque en su natal Prusia, y en Alemania no fuera bien aceptada. Liszt la admirará, teniendo la desaprobación de Schumann y Mendelssohn. Aún así, será nombrado jefe de la orquesta de la Corte. En Roberto se podemos encontrar bastantes coincidencias argumentales con El cazador furtivo, aunque su desarrollo es más espectacular, a tono con el escenario donde se estrena, también, en ella, Meyerbeer impone su sello personal, destacando el primer y tercer acto con una indudable fuerza imaginativa.
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Ramón Martín
En 1836, llega la consagración definitiva de Meyerbeer con el estreno de Los hugonotes. Un drama amoroso, político y religioso enmarcado en las guerras de religión francesas, que culmina con la matanza de la Noche de San Bartolomé que supuso, no sólo el reconocimiento del público internacional sino también de la crítica, siendo, sin duda, su ópera más conocida. Su argumento encierra una clara declaración contra la intolerancia religiosa y un apoyo al liberalismo burgués. Otras óperas de esos tiempos, también reflejarán el fanatismo religioso: La judía de Halévy o, posteriormente, El profeta del mismo Meyerbeer, un tema de gran importancia en la época, que afectó al compositor que será duramente atacado por su origen y su posición económica. En el siglo XIX, las prohibiciones para que los judíos ejerzan ciertas profesiones o entren en el mundo cultural serán abolidas en muchos países. Lo que supondrá una reacción de los círculos más conservadores que verán en el éxito de compositores, escritores y otros artistas judíos, un ataque a la esencia de sus propias culturas nacionales. Nada más lejos de la realidad, puesto que van a trabajar para encontrar la esencia de esa cultura, que ellos también consideran suya, buscando enaltecerla, como ocurre con Mendelssohn y su recuperación de la Pasión según San Mateo de Juan Sebastian Bach.
En Los hugonotes, recordemos que la ópera comienza con un preludio a cargo de la orquesta en el que se cita el, quizá, más destacado coral luterano “Ein feste Burg”, que estará presente en otros momentos de la obra. La ópera requiere siete cantantes de primer nivel y aunque son escasos los números musicales individuales, destaca el aria de coloratura de la reina Margarita “O beau pays de la Touraine”, con música escrita para el papel travestido de Urbain o el aria de presentación de Raoul. Meyerbeer crea un tipo especial de cantante (tendencia que seguirán compositores posteriores); son personajes que requieren fuerza dramática pero también virtuosismo, con grandes exigencias en toda la tesitura y un toque heroico. Pero son los números de conjunto los protagonistas de la obra, destacando en el cuarto acto la famosa escena de la conjuración y la bendición de los puñales, donde los católicos se preparan para el ataque en la fatídica noche de San Bartolomé, con el gran momento del conde de San Bris. En este acto también se encuentra el famoso gran dúo de amor de la obra, su texto no es de Scribe, y en el Adolphe Nourrit y Cornélie Falcon (los cantantes que encarnaban a Raoul y Valentine, los dos protagonistas enamorados, en el estreno parisino) exigieron un dúo que resaltara su nivel artístico. El libretista principal se negó y Meyerbeer tuvo que acudir a Émile Deschamps para que escribiera este fragmento. Un fragmento que, a la larga se convertiría en una de las partes más populares de la ópera; tanto que, hasta 1900, se había representado más de mil veces en París. Ninguna obra posterior del compositor alcanzará la fama de Los hugonotes, aunque volverá a triunfar en los escenarios de la Ópera parisina en 1849 con El profeta (protagonizada por Paulina Viardot con libreto de Scribe) y cuya trama vuelve a tocar el fanatismo religioso, y con L’Africaine, su última colaboración con Scribe que será, también la última de sus grandes óperas.
Su salud, siempre delicada, se complicó, repentinamente, en la primavera de 1864, muriendo el 2 de mayo de ese año. Hubo grandes homenajes públicos en París y Berlín y, durante todo el siglo XIX, sus óperas más importantes se siguieron representando aunque en el siglo XX decaerán de manera ostensiblemente. A finales del siglo XX, en teatros alemanes y franceses, y también en el Covent Garden londinense, se empiezan a recuperar estas grandes óperas y a reconocer su calidad y su contribución a la historia de la Ópera. Meyerbeer sigue brillando aunque no sea con el tremendo fulgor que lo hizo en aquel París de luces y esplendor, capital de la ópera europea del siglo XIX.
Interesante escuchar, de L'Africaine O Paradiso
Ramón Martín



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